¡¿Ágil o no ágil?!

¡¿Ágil o no ágil?!

En nuestro último encuentro (¡¿acaso no estamos tomando café juntos?!) nos quedamos en las definiciones de Agile. Tal vez quedó claro-re-claro o tal vez no te moleste que hagamos un doble click. Hoy el doble click viene en clave de chiste. Lo podés leer con tono argentino o español. O el que te de la gana. (Ts, si recién te subís a este tren, andamos intentando entender de qué va esto de Agile.)

Un tipo va con su 4×4 por el Pirineo y ve un campo lleno de ovejas. Se baja y llama al pastor. Le pregunta qué le daría si le dice el número exacto de ovejas que tiene. El pastor lo mira de reojo y levantando los hombros le dice “¿una oveja?”. “Una oveja, ¡estupendo!”, responde.

Se sube a la 4×4, abre su portátil y empieza a ver webs, hacer cálculos y analizar información. Un rato más tarde baja y le chista al pastor “ya lo tengo, usted tiene 324 ovejas”. El pastor dice que el número es correcto y que, como es un hombre de palabra, se puede llevar la oveja.

El tipo radiante va y sube la oveja a la 4×4 mientras el pastor le dice tímidamente si puede hacerle una pregunta antes de que se vaya. El otro accede. “¿Usted es consultor?” se anima el pastor. El tipo afirma con la cabeza y le pregunta cómo lo había descubierto. El pastor suspira… “porque usted vino sin que nadie lo llame, me dijo algo que yo ya sabía y no tiene ni idea de mi negocio porque se acaba de llevar a mi perro”.

Este es un chiste que los consultores (aclaro: ¡yo soy ex-consultora) conocemos muy bien y que mantenemos oculto por el prestigio y buen nombre del sector. Ahora, ¡¿te suena?! ¡¿Conociste algún consultor así?! ¡¿Sos vos ese consultor?!

En el mundo de la consultoría este esquema de trabajo es muy evidente y por eso funciona tan bien el chiste. En mi caso, les recuerdo que tengo un pasado. Me contrataban para hacer Planes Estratégicos de Comercio para ciudades en España y voy a contarles cómo trabajaba.

Dedicaba muchísimo tiempo a hacer la foto, el diagnóstico. Recordemos que llegaba a territorios que me eran alta / medianamente desconocidos (donde dice territorios podés poner organizaciones, empresas, equipos). Estudiaba fuentes secundarias, navegaba por internet como loca. Y hacía mucho trabajo de campo: entrevistas, focus groups y encuestas. ¡¿Por qué lo hacía?! En muchas ocasiones porque esto me daba seguridad (no quería ser una chanta), en otras porque me era cómodo y, por supuesto, porque ¡¿acaso no era así como tenía que trabajar?!  

Después terminar con la foto, “yo, la experta”, dedicaba un tiempo al análisis, dedicando tiempo a dar sentido a la información (vía patrones, causalidades o lo que fuera). Y así llegaba al mundo de la propuesta. El problema es que cuando llegaba, no me quedaba músculo ni tiempo para nada. Mis propuestas eran pobres y no decían nada demasiado revelador ni valioso.

(Por cierto, ¡¿no te chocó lo de experta?! Los clientes creen que los consultores son expertos; creen en ellos y en sus soluciones mágicas. Y a los consultores les gusta creer que esto es así -y yo no era la excepción).-

Y, la guinda del pastel: una vez presentado el plan (recordemos: aquello por lo que me pagaban) el nivel de engagement que generaba era bajísimo. Y es que “el papel todo lo aguanta”, sí. Pero la realidad es otra cosa y la mayoría de propuestas quedaba condenada a una larga siesta de cajón.

Ahora, fíjense, el objetivo era crear un plan. Insisto, a mí, consultora, me pagaban por crear un plan y, yo dedicaba gran parte de mi tiempo y esfuerzo a indagar en el diagnóstico y el análisis. ¡¿Es lógico?! Más de uno estará asintiendo en silencio y pensando “obvio, ¡¿cómo vas a proponer algo si no te documentás?!”. Te desafío a que por un minuto pienses: ¡¿y si esto fuera una trampa que todos aceptamos?!  

El diagnóstico y el análisis no generan valor. Son necesarios, sí. Pero deberían estar al servicio de las propuestas (y no a la inversa). ¡¿Es esto lo que ocurre?! ¡¿O nos engolosinamos con lo conocido?!

Y ya sé, es fácil reírnos de los consultores pero, con una mano en el pecho, ¡¿son los únicos que trabajan así?! ¡¿Nunca trabajaste con este esquema?! El que esté libre de pecado que tire la primera piedra… Y, si vos también pecaste, ¡¿por qué lo hiciste?!

La mayoría de mortales que conozco trabaja con este esquema porque cuesta mucho atreverse a cosas nuevas y transitar el lugar de incomodidad e inseguridad. Sobre todo cuando en la mayoría de empresas (u organizaciones) la innovación es tan solo un discurso y el fracaso es altamente penalizado. Léase: nuestra forma de trabajar es absolutamente conservadora. Y, si bien funcionó mucho tiempo, ahora está en jaque. Y si no lo está, debería. Game over.

¡¿Por qué está en jaque?! Porque…

  • Dedicamos mucho tiempo a documentar algo que pronto va a cambiar. Nuestros esfuerzos quedan obsoletos en nada.
  • Parados en el lugar de expertos, trabajamos sin invitar a los distintos stakeholders y asegurando la falta total de engagement con lo planificado. (Y después, ni te digo el esfuerzo que hay que hacer para vender lo realizado.)
  • Porque creamos documentos ilegibles y… el volumen de nuestros documentos es inversamente proporcional al valor que generan.
  • Proponemos cosas que podríamos haber definido sin tanto estudio: el trabajo de diagnóstico y análisis apenas inclina la balanza.
  • En un mundo complejo, este esquema de trabajo da resultados pobres y carísimos.

Supongo que alguna que otra te suena familiar y es normal… ¡no sos un extraterrestre! Entonces, ¡¿qué podemos hacer?!

Agile nos propone cambiar este esquema de trabajo. Hagamos el diagnóstico justo, para tener el análisis necesario y lanzar un montón de experimentos. Y hagamos esto en loop: una y otra vez.  ¡¿Significa esto que vamos a cambiar los tiempos de trabajo?! ¡En lo absoluto! Los tiempos permanecen, lo que cambian son las proporciones. (El gráfico l lo deja claro). Y cambia algo más… ¡Quién está sentado en la mesa!

Cambiar las proporciones nos exige “ampliar la mesa”. Es hora de soltar la ilusión “del experto” y abrazar la inteligencia colaborativa. Es hora de invitar a los distintos involucrados para que ellos mismos puedan co-crear las soluciones y así:

  • Acortar el tiempo del diagnóstico… ¡los que están ahí ya saben todo lo que hay que saber! No necesitan investigar absolutamente nada.
  • Obtener mejores resultados: porque al invitarlos, escucharlos y dejarlos crear, ¡el engagement se dispara!

A esto hay que sumarle un ingrediente clave: ¡la experimentación! No podemos pensar que vamos a dar con “el quid” de la cuestión a la primera; vamos a dar con él experimentando: probando una y otra vez, aprendiendo una y otra vez. ¡¿Qué significa esto?!  

  • Tenemos que pasar de los discursos de innovación a la práctica (real) de innovación.
  • Debemos abrirle la puerta al fracaso, dejar de penalizarlo y empezar a elogiarlo, como síntoma de no conformarse con lo que hay. “Fracasa rápido y barato” se ha convertido en trending topic, ahora tiene que ser trending «practice».
  • Necesitamos aprender rápido y barato porque solo así nos adaptamos a los cambios.

El esquema “tradicional” es (aparentemente) el más seguro para las personas pero el más riesgoso para las empresas. Aferrados a lo conocido y sin abrir la puerta a la innovación, solo nos queda esperar que aparezca nuestro “Spotify”.

Agile propone un nuevo esquema que, visto desde el mindset actual, parece “arriesgado” para las personas pero que es el más seguro para las empresas. Eso sí, este nuevo esquema es todo un desafío para unos y otros (personas y organizaciones): ambos requieren cambiar el chip y generar espacios seguros para lo humano, la colaboración y la experimentación. «Adaptarse o morir», esa es la cuestión.

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