Mi vida antes de la agilidad

(Aclaro: empecé a escribir este post cual confesión de una ágil hereje y me descubrí escribiendo una mini-re-mini-autobiografía. Dicho esto, paciencia / disfrutala o pasala según corresponda).

Muchos saben que soy ágil pero que no soy de «sistemas». Soy politóloga: palabra que ni mi corrector reconoce. Lo que muchos no saben es que en mi otra vida fui consultora para Gobiernos en España (e incluso la Unión Europea). Y que lo amaba.

No me da vergüenza reconocerlo: amaba ser consultora. Amaba viajar, amaba conocer lugares y «gentes», amaba dar ideas. Y sobre todo: amaba la ilusión de ser la que tenía las respuestas. En mi cabeza resonaba esta frase: ¡¿hay algo mejor a que te paguen por dar ideas?! De hecho, tsss, no se lo cuenten a nadie pero, de vez en cuando, extraño eso de dar ideas. (Ego querido que te apareces.)

Y déjenme contarles que me esforzaba. Le ponía empeño al trabajo de campo. Cada entrevista y focus group lo era todo. Escuchaba, analizaba, investigaba. Le daba una y mil vueltas. A veces solita; otras con colegas de la empresa (y empresas amigas).

Por otra parte, con mi obsesión por la comunicación y el sueño de que el trabajo llegara a buen puerto, escribía planes estratégicos con todos los recursos gráficos que se me ocurrían y que estaban a mi alcance siendo que no soy diseñadora gráfica.

El problema era que todo ese esfuerzo era al divino botón. Cantidades ingentes de papel, caracteres y conceptos que quedaban encerrados en un cajón y que nadie leía (ni aplicaba).

Ahora, ¡¿qué era lo que estaba fallando?! ¡¿Era yo?! Me preguntaba ¡¿qué tengo que hacer?!

Algunos años después y como un giro simpático del destino, entendí que lo que fallaba no era yo. O sí. Era yo la que fallaba como pieza de un sistema que no tenía ningún sentido: el de la consultoría.

(Amigos y colegas consultores, sepan ustedes que mi objetivo no es ofender a nadie. Los respeto igual que respeto mi versión de mí misma del 2000. Viví el mundo de la consultoría y lo disfruté pero ya no creo en él. Y van mis dos razones principales:

  • No creo que en un mundo en el que la única constante es el cambio, haya alguien con la bola de cristal. Los expertos han muerto.
  • No creo que en un mundo complejo, las soluciones al futuro estén en el pasado (ni en el benchmark). El futuro se escribe hacia adelante.

Dejé el mundo de la consultoría pero no lo hice por ningún tipo de crisis con él. O sí. Mi crisis era con el horario. Como una persona que sufre de cierta adicción a «hacer actividades» (en esa época les llamaba extra-escolares), la jornada laboral me dejaba sin margen y mi lado B empezaba a las 8 de la noche. ¡Se me estaba yendo la vida! Y miren que me encantaba mi trabajo, los compañeros, los jefes, la oficina. Lo único que no me cerraba (y cada vez me pesaba más) era la falta de libertad de horarios.

Así que aquí va una primera moraleja. Hay muchos caminos para dejar el mundo de la consultoría y cada uno tiene que encontrar el suyo (si es que así lo quiere).

Continuará…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *