Waterfall: o cómo nace el Manifiesto Ágil

(Post dedicado al 18 aniversario del Manifiesto Ágil.)

Corría el año 2005 / 2006. Trabajaba en una consultora (de hecho, yo era consultora para Gobiernos: mi Lado B que ya confesaré oportunamente). Las oficinas eran her-mo-sas. Glamour total. Pero la web que teníamos era un completo disaster. Habrán visto que en general es al revés. La web es divina y llegás al lugar y… ¡antro de la perdición! Fue por esa razón que hablé con mi jefe y le pedí permiso para reformar la web. Tuve el OK y me puse manos a la obra.

Como algunos saben, no soy de sistemas y si bien una vez me animé a hacer una web: ¡no era (ni es) lo mío! Así que hice lo que cualquiera en mi lugar hubiera hecho… buscar un proveedor. Pedí recomendaciones y conseguí varios. Todos vinieron a verme a la oficina y así entramos en el siguiente capítulo de esta aventura. ¡¿Quién dirías que vino a verme?!

Supongo que habrás acertado. No vino el programador ni el diseñador: ¡vino el comercial! Porque para algo lo tenemos y, además, ¡¿cuándo viste a un programador al que le guste salir de la oficina?! (Ojo, siempre hay excepciones a la regla).

Era la primera reunión. Yo, como cliente, sabía perfectamente lo que quería; el comercial supo aterrizar perfectamente todos los requerimientos… ¡¿Te estás muriendo de risa o moviendo la cabeza con signo reprobatorio?! Perfectamente al cuadrado: ¡imposible! Ni yo sabía perfectamente lo que quería ni el comercial supo tomar nota perfectamente de los requerimientos.

Así que con esta ilusión de los «perfectamente», el proceso siguió su curso. ¡¿Cómo?! El comercial volvió a su oficina y empezó a golpear puertas y es que solo no podía hacer la propuesta ni el presupuesto de la web. Sus compañeros recibieron sin muchas ganas la lista de requerimientos. Los mismos viajaron de departamento a departamento para sintetizarse en la propuesta que era larga, pesada, con mucha letra pequeña… ¡ilegible!

A los días, la propuesta llegó a mis manos. La recibí y no entendí demasiado, a la vez que me aburrí soberanamente leyéndola. Pero, mis amigos, ¡todas las que recibí eran exactamente iguales! Así que aposté a los que mejor me habían caído. Le di el OK al comercial y seguí con mi vida.

Seguí con mi vida, sí, navegando y viendo qué me gustaba (y qué no) en el mundo online. Estaba sometida a cientos de estímulos porque todo el mundo alrededor sabía que yo era la responsable del proceso de reforma de la web así que me llovían links-sin-parar. Léase: lo que quería el primer día no tenía mucho que ver con lo que quería a mitad del proceso. Por otra parte, “el que espera desespera” y yo quería la web “para ayer”.

Así llegamos a la mitad del proyecto y, para cumplir con su palabra, el proveedor me mandó un email con un documento de avances. Largo, tedioso, infumable. La ansiedad no bajó. Tampoco entendí en qué andaban. Y así transcurrieron los meses hasta que llegó el día D.

Pasados los plazos establecidos, el comercial volvió a tocar mi puerta (el programador seguía sin mostrarse). Esta vez, traía la web. ¡Cuánto entusiasmo todo junto! ¡»Bebé web» vería la luz! Lo que parecía una cita encantadora se convirtió en una pesadilla.

Al ver la web solo pude decir: ¡esto no es lo que quería! ¡no me gusta! ¡¿en qué estuvieron trabajando?! El comercial se limitó a un «esto es lo que pediste y lo que definimos en la propuesta». La escena se fue complicando y llegó a su fase de «pulseada». El diálogo (o negociación) fue algo así como…

  • «Si querés los cambios van a ser 80 horas, lo vas a tener en un mes y será un 40% más de costo.» – comercial dixit.
  • «¡Lo quiero ya! Tal como lo imaginé en mi cabeza… y sin pagar ni un peso más por algo que ya pagué – Melinita dixit.

El forcejeo siguió. Que si los cambios llevaban 70 horas, que si 20; que si estarían listos en una semana, en un mes; que… 30 horas, en dos semanas y solo un 15% más de presupuesto. Ni pa’ ti ni pa’ mí.

Hagamos entonces un stop para reflexionar:

  • ¡¿Pensás que alguien se quedó contento con esta historia?!
  • ¡¿Esto solo ocurre con la gente de las webs?!
  • ¡¿Viviste alguna vez algo parecido?! (como cliente y/o como proveedor).
  • ¡¿Qué fue lo que falló en toda esta anécdota?!

Tomate unos minutos para pensarlo.

¡¿Estás?!

Nadie se quedó contento en esta historia. Yo, cliente, me quedé bastante molesta. Seguí con ellos porque «mejor malo conocido que bueno por conocer» pero no se los recomendaría a nadie en la vida. El comercial me detestó, claro está; a mí y al programador que no entendió sus requerimientos. El programador bajó la cabeza despotricando porque una vez más, mientras todo el mundo se quejaba, era él quien echaría horas extra.

Cuento este ejemplo porque muestra con bastante crudeza los efectos del clásico método de gestión de proyectos «waterfall»  (cascada). Y si bien las áreas de sistema han ido librándose de él, la mayoría de profesionales que conozco «viven» en esta sintonía.

Ahora, vamos con la última pregunta que es la pregunta del millón. ¡¿Qué falló en este proyecto web?! El mundo se divide en dos tipos de personas: unos dicen que fallaron las personas -algunos me echan la culpa, otros se la echan al comercial y algunos al programador-; otros dicen que falló fue el sistema.

Y así fue: lo que estaba (está) fallando es el sistema. Y por eso te conté esta historia: para que vieras cómo y dónde nace el Manifiesto Ágil.

Muchos dirán que el Manifiesto Ágil nació en un encuentro de 17 desarrolladores web en Utah (en Snowbird). Otros saben que el Manifiesto nació de la frustración que la gente de sistemas tenía con el famoso método de “waterfall”, sí. Y también de que ya habían “visto la luz” experimentando nuevas formas de hacer software, conocidos hasta entonces como métodos ligeros.

En la web del Manifiesto por el Desarrollo Ágil de Software, te vas a encontrar con la cosecha de aquellos días: “Estamos descubriendo formas mejores de desarrollar software tanto por nuestra propia experiencia como ayudando a terceros. A través de este trabajo hemos aprendido a valorar:

  • Individuos e interacciones sobre procesos y herramientas.
  • Software funcionando sobre documentación extensiva.
  • Colaboración con el cliente sobre negociación contractual.
  • Respuesta ante el cambio sobre seguir un plan.

Esto es, aunque valoramos los elementos de la derecha, valoramos más los de la izquierda”.

Hace 18 años y, probablemente sin saberlo, estos señores darían pie a un «movimiento» muy pero que muy interesante, el afamado «Agile». Ahora, ¡¿te queda claro qué estaban pregonando?! Si tenés ganas, te invito a que hagamos un doble click en el Manifiesto en un próximo post.

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