Combatiendo la productividad

Arranca el 2019 y muchas personas se marcan como objetivo ser más productivas. En mi caso, es todo lo contrario. Empecé el año con el firme propósito de combatir mi productividad. Y en eso estoy.

Llevo más de un año y medio bajando decibeles y ¡todavía me queda más por bajar! ¡¿Por qué?! Porque no me hace bien. Estos meses terminé de corroborar que soy adicta a una droga fuerte: la productividad. Encuentro placer en hacer-hacer-hacer; en no dejar nada para mañana; en ver mi panel visual lleno de hechos. Y vos te estarás preguntando ¡¿pero acaso eso no está bien?!

Para algunos seguro que sí. Para mí no tanto. Mi afán productivo me hace estar acelerada, dando siempre un 110% y, muchas veces, desconectada de mi propio ser. Y ¡¿sabés cómo lo noto?! Después de un día de mucho trabajo, llego a casa y me es más difícil parar que seguir. Lo repito para que no queden dudas: después de un día de mucho trabajo me es más fácil llegar a casa y seguir trabajando que relajarme. Algo no va bien.

En diciembre estuve 3 semanas de viaje y durante esas semanas logré «desconectar» mi vena-hiper-activa-y-productiva. Al frenar un poco más, aparecieron con más fuerza mil millones de emociones escondidas debajo de la alfombra. Tristezas, enojos, alegrías y otras. Quise salir corriendo. Programar otro viaje dentro del viaje; encuentros sonoros con amigos que me despejarán y lo que fuera para posponer el encuentro conmigo misma.

Algo que no dije hasta ahora es que no solo soy hiper-productiva, también soy una escapista profesional. Hacer fue la forma más segura y sana que encontré para sobrevivir a los palos que me trajo la vida. Me sale fácil y me funciona. Hasta que me vienen las facturas años después y con intereses.

El 31 de diciembre invité a todos los que estaban en la mesa a compartir sus mejores momentos del año. Mientras pensaba el mío me surgió la certeza de que mi vibración y alegría no están en esa hiper-productividad. Me la voy a bancar (en la medida que pueda); no me voy a escapar. 2019, voy a transitarte saliendo de mi mecánico. Estar sin hacer; ser con calma; tener quietud.

Así que mi vuelta a Buenos Aires está marcada por un proceso de desintoxicación más o menos radical. Y voy a darte algunos ejemplos.

Soltar el teléfono y la ilusión macabra que contiene. Confieso que he pasado largas temporadas enganchada a mi teléfono: ¡un desastre! (Si me conociste y pensaste que soy una maleducada te aviso que solo soy una adicta). Correos que respondo en el acto al igual que WhatsApps. Nada puede esperar. O debería decir: yo no puedo esperar. Esto me hace ser altamente productiva pero es una ¡prisión!

Estos días las preguntas llegaron con fuerza: ¡¿por qué tengo que contestar todo ya?! ¡¿por qué tengo que ver el teléfono?! ¡¿lo estoy usando por deseo, por angustia o simplemente como algo mecánico?!

Claramente, cuando uno es un adicto, lo primero que tiene que hacer es frenar lo automático. Así que decidí obligarme a alejarme del teléfono para notar que si algo no había en mi relación con el teléfono era deseo.

No está siendo fácil pero voy, poco a poco. Decidí contestar los correos cuando puedo / quiero (sin faltarle el respeto a nadie, obvio) pero sin la urgencia que me caracterizaba. No soy médica cirujana y ya está visto que incluso los que me hacen correr, la mitad de las veces me hacen correr al divino botón. Léase: necesito esto para ayer pero después ni un gracias ni respuesta alguna por un mes.

No está siendo fácil pero voy poco a poco. Dejo que se acumulen las notificaciones. Y logro llegar al final del día con batería. En mi caso, algo imposible hace unos meses. Entiendo que no necesito el teléfono sino que necesito silencio y estar conectada… para empezar conmigo y después con los otros. Algunos días me va mejor, otros peor. Lo que sí sé es que le estoy poniendo consciencia y esfuerzo. Salir de lo mecánico no es sencillo. De hecho, es un arte. Pero ¡para eso estoy aquí!

¡¿Hasta aquí vamos?! ¡¿Me acompañás un rato más?!

Como te dije al principio, estoy combatiendo mi productividad. Y mi productividad se suele reflejar en que no sé dejar las cosas para mañana y en que todo el santo día mi cabeza está en ebullición. Se me ocurren mil millones de ideas que no puedo dejar estacionadas ni por un ratito. Ejecuto, ejecuto y ejecuto. Con entusiasmo desbordante. Y es que amo mi trabajo. El problema es que hay un fino límite en que deja de ser un placer para ser una adicción.

Léase: la trampa de mi hiper-productividad es que me hacía muy «feliz» y me daba muchas alegrías. El reto de salir de ella: construir nuevas felicidades.

Hace casi 10 años, en un estudio grafológico, me dijeron: «tus jefes deben estar felices con vos: tu nivel de productividad es tremendo». Suspiré. Mis jefes no estaban especialmente felices conmigo (o al menos eso creía) pero mis viejos seguramente sí. Toda la vida invitándome a hacer siempre un poquito más: «total, ¡¿qué te cuesta?!» me decía mi viejo. «¡¿Y qué más?!» me decía mi vieja.

No fue hasta hace un tiempo que me di cuenta que es verdad: ¡no me cuesta nada hacer un poco más! pero que no me cueste no significa que tenga que hacerlo. Porque haciéndolo caigo en la trampa de la productividad. En general esta no me ha hecho más libre. Si el trabajo de 8 horas podía hacerlo en 2 horas, aprovechaba las otras 6 horas para avanzar un poco más.

Así que… ¡¿cómo lo estoy gobernando?! Fácil. Adapté una práctica de yoga. Cuando se me presentan ideas, las escribo en un cuadernito y las dejo «on hold» hasta próximo aviso. Igual que los emails y las llamadas: ¡pueden esperar! Es mi forma de mantener la mente lo más vacía y ligera posible. O algo así como en blanco. Me cuesta también. Insisto: mi ser más mecánico no entiende esto de la espera.

¡¿Qué apareció con todo esto?! Una revolución. Me siento como una adolescente (es un problema, el telegrama de que ya no lo soy tarda en llegar). Quiero dedicarme a… escuchar música, leer, escribir, pintar. Expresarme, bah. Y no es que sea de adolescentes lo de expresarse, no. Pero sí que me viene esa imagen de relax y al-pedismo total de los 18 años.

Salir del estado de hiper-productividad hace que obviamente produzca menos… ¡¿y qué?! Estoy más descansada y mi escucha mejora. Hacia mí y hacia los otros. Disfruto de regar el jardín y la huerta (cosa que acabo de hacer). Me programo ratos para dar paseos entre una reunión y otra. Dibujo con mi hijo, me trepo a la patineta y componemos juntos canciones.

Así que este post llega hasta aquí. Compartirte que me está costando lo indecible pero sigo con propósito firme: este año espero desactivar mi productividad y la falsa personalidad que construí en torno a ella. Yo soy Meli: no productividad. Y vos, ¡¿cuál es la adicción que querrías desactivar en este 2019?!

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