Juegos: visibilizando tu modelo de aprendizaje

Los juegos me dan la vida. Los juegos nos energizan, nos hacen reír, nos divierten, nos permiten tomar consciencia y ¡aprender! Supongo que por eso desde que los descubrí no los solté.

Aclaro: siempre alguien me pregunta dónde puede encontrar los juegos y mi respuesta es «te la debo». Por eso esta vez voy a hacer un esfuerzo de ponerlos por escrito. Dicho esto: bienvenido todo comentario / sugerencia para mejorar este tipo de explicaciones. ¡Estoy debutando!

En este post te voy a contar dos juegos que usé esta semana en una charla de una hora y para más de 150 personas. El objetivos de los juegos era trabajar con el modelo de aprendizaje: ver qué nos pasa como aprendices y formadores. El desafío estaba en esos dos datos: no tenía tiempo y era demasiada gente. ¡¿Qué juegos podría usar?!  

El primer juego que hicimos fue una adaptación de un juego que hizo el gran David Canteros en Ágiles Córdoba 2018. Las personas se ponían de a pares en el suelo, espalda con espalda y brazos entrelazados. Desde ahí, uno asumía el rol del aprendiz, el otro el del formador. El objetivo sería levantarse del suelo… ¿La dificultad? Hacerlo sin poder usar los brazos y codo-con-codo con el otro.

Después de muchas risas y varios gritos, la mayoría logró levantarse. Pero… ¡¿había sido fácil?! ¡¿qué pasaba cuando queríamos levantarnos y el otro no quería?! O mejor dicho: ¡¿qué pasaba cuando queríamos levantar a alguien que no quería levantarse?! Y ¡¿cómo se sentía eso de que te quisieran levantar cuando vos querías seguir en el suelo?!

Los modelos de aprendizaje tradicionales han funcionado así. Una especie de «esto es así y punto» ha rondado (y ronda aún) tristemente nuestras salas. Yo te levanto y punto. No me importa si te querés levantar o no. Ahora… ¡cuánto esfuerzo demanda este «estilo»! Encima, ni hablar: en cuanto lográs que se levante aquel que no quería ser levantado, ¡¿qué ocurre?! ¡Vuelve al suelo en menos de un segundo!

(Hasta aquí algunas interpretaciones de este juego pero, les recuerdo, hay tantas interpretaciones como personas que juegan).

El segundo juego lo tomé de mis clases de impro con los maravillosos Improcrash. Dos personas se pusieron al frente de la sala (a partir de ahora, les llamaré «los jugadores»). Cada uno estaba a un lado y competían por tener la atención de la gente. ¡¿Cómo lo harían?! Como quisieran. La única consigna era que no podían hablar. Tenían que captar la atención a través de algún movimiento. S, M, L, XL. ¡Lo que quisieran! Ahora… ¡¿cómo sabríamos quién captaba la atención del público?! ¡Fácil! El público demostraría quién tenía su atención… ¡copiando el movimiento!

¡¿Me siguen hasta ahora?! 

Entonces: tenemos a dos jugadores mirando al público, cada uno haciendo algún movimiento e intentando captar la atención. Y sumo algo más. El público… tendría libertad para elegir a quién seguir en cada momento. Léase: «me cansaste, me voy con el otro». Y los jugadores podrían cambiar sus movimientos todas las veces que quisieran. La libertad corría con fuerza por toda la sala.

Empezó el juego y fue fascinante. Todos empezaron a seguir a uno de los jugadores que empezó con aplausos. La propuesta era sencilla. Pero la gente se empezó a aburrir. En ese momento, la otra «jugadora» desplegó su magia con su teléfono en alto y un poco de luz. El jugador número uno intentó darle la vuelta, cambiar el movimiento… pero no, no parecía funcionar. Intentó varias veces y de pronto ¡salió de la escena! La otra jugadora había armado un tren que cada vez tenía más vagones…

Entonces la reflexión llegó en forma de preguntas… ¡¿Qué pasa cuando podemos elegir?! ¡¿A quién seguimos?! Y, cuando somos los que proponemos, ¡¿cuándo soltamos nuestra propuesta?! ¡¿Estamos viendo qué pasa en nuestro público?!

En el mundo de hoy, sometidos a tantos estímulos, el ritmo es cada vez más importante.Necesitamos captar al otro con el ritmo y después con el contenido. Ahora, les cuento un secreto: somos un poco vagos. Queremos algo que nos llame la atención sí, pero no que nos haga trabajar tanto-tanto.

Y esto es un «arte». Los que nos dedicamos a la formación tenemos que estar atentos, encontrar el ritmo y saber que haberlo encontrado no significa nada. Es solo un equilibrio precario que tendrá que reinventarse a cada momento y en función de lo que nuestros interlocutores necesitan…

Así que…. ¡¿Qué opinan?! ¡¿Tendría sentirlo hacerlo con sus equipos?! Y… ¡¿podrían darle alguna otra aplicación?! ¡Cuéntenme! 

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