Aprendiendo

Nadie me enseñó a enseñar. De hecho, caí en el mundo de la formación de casualidad. Un día un colega me pidió si podía cubrirlo en curso. Se le habían complicado los horarios y no podía darlo. Dije que sí sin pensarlo demasiado. Yo no sabía demasiado del tema. De hecho, diría que sabía lo justo como para no hacer un papelón.

Esa ¿curiosa? experiencia me permitió determinar que lo que yo quería hacer era dar clases. Pero, ¡¿de qué iba a dar clases?! Eso no estaba tan claro. Así que les cuento qué hice. Fui a todos los cursos habidos y por haber de la ciudad (Zaragoza). Estudié la programación que había y empecé a pensar qué estaba faltando. Era el boom de los emprendedores y los talleres para «construirse a sí mismo» estaban a la orden del día.

Definí cuáles eran las cosas que los emprendedores andaban necesitando (y que yo sabía porque justamente yo también lo era). Diseñé  4 talleres: una hoja de «venta» para cada uno de ellos. Me anoté en un post-it la siguiente fecha: 31/03. Si para esa fecha a nadie le interesaba lo que yo ofrecía, tendría que seguir con lo que estaba. No había margen económico para más aventura.

Llegó la fecha y no había captado el interés de nadie. Estaba a punto de darme por vencida y, en vez de eso, puse toda la carne al asador. Les cambié los nombres a los cursos y un diseñador amigo le puso magia a la imagen. Estrategia online se convirtió en Cascarón 3.o.  Y todo fue tomando color. Para el 15/4 ya tenía fechas tomadas. ¡Así empezaba mi camino en el mundo de la formación!

Ahora, ¡vuelvo al inicio! Ahí estaba yo: había vendido los cursos pero nadie me había enseñado a enseñar. Cuando estaba en la facultad le explicaba a algunas amigas filosofía (y lo hacía solo para entender algo). Después fui ayudante de filosofía política y también de economía política. Hasta ahí habían llegado mis tablas. Así que cuando di el primer taller, salí a la acción con lo que pude…

Pasaron 7 años desde entonces. Y algunas cosas entendí en el camino. ¡¿Cómo?! Observando, observando y observando. Fui a mil cursos y vi qué hacían otros. Copié como una artista. Aprendí mucho de lo que me gustaba, sí. Y también de lo que padecía y me horrorizaba (y no quería repetir). Así fui viendo qué funcionaba y que no. Para mí y para los otros -y es que cada uno funciona a su manera-.

Aquí les comparto algunas de las cosas que aprendí…

Todo taller empieza en una mágica intersección:

  • Algo que me «funcionó / fascinó / revolucionó» y quiero compartir con otros. 
  • Algo que a alguien le está «faltando / costando / molestando» y requiere atención.

Una vez que esa intersección está, empieza el armado del guión. Y empieza en la empatía: quién está del otro lado, cómo son sus días, qué lo trae, qué busca,  cómo viene. Y aquí viene la parte más divertida: no solo se trata del «qué» sino también del «cómo». Suelo jugar con post-its. Anoto todas las ideas y las muevo de un lado al otro. Las pongo, las saco. Pruebo distintas combinaciones hasta que, en algún momento, las piezas encajan.

Ahora, ¡¿qué llevan esos post-its además de contenidos?! Algunos ingredientes vitales:

  • Conexión. Con los participantes y con el taller. Tenemos que estar presentes.
  • Hacer visible lo invisible (toma de consciencia). Trabajar con las creencias es fundamental.
  • Energía. Necesitamos actividades que sacudan el cuerpo y las ideas. Aprender tiene que ser divertido.
  • Show. No sé si es necesario o no pero hace muchos años una persona me dijo «¿viste cómo te relajas cuando contás anécdotas?». En paralelo, otra me dijo «lo tuyo son los monólogos». Así que sí: siempre tengo un rato de show.
  • Actividades. Aprendemos haciendo. El famoso «learning by doing». Nada reemplaza la experiencia. Y si la experiencia tiene que ver con algo real… ¡mucho mejor!
  • Conversaciones. Todos tenemos algo que aprender, todos tenemos algo que enseñar. Y en las conversaciones nace la magia del encuentro y de crear mundos nuevos.
  • Feedback. Pedirlo, darlo, moverlo. Todo el tiempo… porque esa retroalimentación es la que nos permite construir mejores experiencias de aprendizaje juntos.
  • Soltar las respuestas y abrazar las preguntas. Soltar el centro de la sala y dar un paso atrás. (Esta me costó, me cuesta e intento trabajarla porque es esencial).
  • Y en esa línea, un ingrediente al que ya me aficioné: ser vulnerable. Mostrarme tal como soy. Humana, digamos. (Parece obvio pero créanme que no es lo más común).
  • Correr los límites. Hay que incomodar un poquito. Lo suficiente como para llevar a la gente a algo nuevo sin que se espante ni le resulte demasiado doloroso.
  • Correr los límites. Volumen II. Correr mis propios límites. Lo suficiente como para ir a algo nuevo sin espantarme.
  • Confianza. En uno mismo y en los otros. En que la experiencia de aprendizaje es lo que ocurre en nuestro «entre».
  • Emociones. Creo en el aprendizaje con emoción y en conectar con las personas.  Tal vez por eso me gusta cerrar con «una idea», «una acción» y «una emoción».

Seguro-seguro-seguro me estoy olvidando de algo. Y mientras lo escribo, aparecen otros dos ingredientes que merecen un párrafo aparte: la metáfora y lo inesperado. Tenemos que trabajar con la metáfora: construir un viaje y predicar con el ejemplo. En mi caso, trabajo en agilidad y creo en los equipos auto-gestionados. Ante esto, tengo la opción de contar qué es, mostrar ejemplos o hacer que las personas lo experimenten. Por ello, intento que en los «confines» de la sala, sea el equipo el que tome las decisiones del día (qué ver, en qué profundidad, con qué proyectos trabajar, Etc.). Cuando logro llevarlo a ese plano: todo es más poderoso. Léase: mensajes y formas tienen que ser coherentes.

Y lo inesperado. Los momentos en los que más aprendo como (trans)formadora son aquellos en los que lo inesperado llega a la sala. Para eso tengo que tener la escucha muy abierta. Si fluyo con lo inesperado, siempre me encuentro con la magia.

Vivimos en un mundo en el que todo cambia todo el tiempo. Si el cambio es la única constante, el aprendizaje será la única constante. Por eso, es necesario reflexionar sobre cómo aprendemos y, desde ahí, repensar cómo enseñamos. Muchos de los que enseñamos no aprendimos a enseñar. Y muchos de los que enseñan aprendieron a enseñar para «otros tiempos» y «otro mundo». (Tssss, tal vez, incluso deberíamos revisar eso de «enseñar» y crear alguna palabra más afín a los nuevos tiempos o… ¡¿no les hace ruido eso de enseñar?!).

Lo que acabo de contarles es la forma en la que cocino talleres o cómo intento crear las condiciones para que el aprendizaje ocurra y a la gente le brillen los ojos. Esa es mi medida de éxito. Y lo que le da sentido a este hermoso trabajo.

Continuará…

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